HABLEMOS DEL CLIMA

Publicado en por tribunasifontina-hogar.over-blog.es

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En Venezuela tenemos los períodos de lluvia y sequía. Entre noviembre y abril, tenemos la temporada de sequía. Los campos empiezan a amarrillear.

En abril caen las primeras lluvias, que se extienden hasta octubre o noviembre. El  año que llueve en marzo/florean los araguaneyes, dice una copla llanera.

Las lluvias en nuestro país están asociadas a grandes calamidades en campos y ciudades. Las inundaciones y las vaguadas que arrasan poblados y cultivos han sido noticias en muchas oprtunidades. En las grandes ciudades como Caracas, rodeada de cinturones de miseria que han proliferado por la absoluta falta de planificación del Estado, las lluvias representan una verdadera tragedia, llegando a ocasionar muertes masivas y destrucción de comunidades enteras. Pero también las sequías son una calamidad, con sus lluvias de cenizas sobre campos y poblados: los campos se incendian, se hacen inútiles; manos asesinas prenden fuego a bosques y sabanas; entonces las vacas no tienen pastos de que alimentarse; desaparece la leche y el queso y otros derivados lácteos escasean o suben de precio. Lluvias demasiado intensas y períodos de lluvia muy prolongados, o sequías fuertes como la de 1971, 2001 y ahora 2010 en todo el país, se deben al desequilibrio que en el clima han producido las talas y quemas indiscriminadas en orillas y cabeceras de rios y quebradas, lo cual ha hecho desaparecer pequeñas cuencas hidrológicas que son a su vez la fuente de existencia de las cuencas principales del país, como la del Orinoco o el Apure. Hay rios como el Santo Domingo en Barinas, que en la época de sequía practicamente desaparecen; y esa era hasta hace poco una de las corrientes principales que drenaban al Apure; lo mismo ha pasado en las últimas décadas con otras corrientes que vierten desde los Andes hasta el Apure. Pero cuando en el Invierno estas corrientes cogen agua, como dicen los pobladores llaneros, vuelve la otra terrible calamidad, ya que las micro-cuencas desnudas de vegetación no absorben equilibradamente sus cantidades de agua de siempre, permitiendo que grandes volúmenes de creciente se desparramen haciendo estragos con lo que encuentran a su paso.

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